Haz las cosas desde el corazón
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Llevo años bastante perdido profesionalmente. Nunca sé qué quiero ser de mayor o qué meta tengo. El otro día me preguntaban qué me apasionaba y no supe contestar bien. Contesté con una respuesta un poco ingenua: ayudar a los demás. Pero de eso es complicado vivir.
Este año me están pasando cosas increíbles a nivel profesional. Decenas de oportunidades, muchísimo aprendizaje, donde trabajo no nos puede ir mejor… Y he empezado a pasar más tiempo aquí, en Twitter. Simplemente contando mis movidas o apoyando las de otros.
Eso ha hecho que reciba mensajes de personas que me han emocionado, he tenido conversaciones que no esperaba, se me han presentado oportunidades profesionales que hace unos años ni siquiera habría imaginado y he conocido a gente extraordinaria. Twitter as a Service como ha acuñado @barckcode.
Y el otro día, alguien me mandó este mensaje.

Yo ni siquiera me había dado cuenta, pero tiene razón. Y eso me llevó a la reflexión que me ha llevado hasta esta turra.
Siento que me pasan muchas cosas buenas, pero no entendía bien por qué.
Llevo un tiempo pensando en todo esto. En lo afortunado que soy, en las personas que me han ayudado a llegar hasta aquí y en cómo muchas de esas cosas tienen su origen en decisiones que tomé hace años, sin saber muy bien adónde me llevarían.
Y el otro día, leyendo a @beloki, dije: “¡Coño, es que es esto!” Tuve el momento eureka que explicaba esa sensación: hago las cosas desde el corazón.
No sé si es una filosofía de trabajo, una manera de entender la vida o simplemente algo que he ido aprendiendo de las personas que me rodean.
Probablemente sea un poco de todo. Pero la verdad es que creo que es parte de la salsa secreta.
Las cosas bonitas que me han pasado este año
Desde que trabajaba en Manfred, me han llegado algunos mensajes que me han hecho mucha ilusión.
No necesariamente por lo que decían de mi trabajo, sino por lo que significaban. Personas con las que me he cruzado en distintos momentos de mi vida, que se han acordado de mí, que han querido agradecerme algo o que, sencillamente, han tenido unas palabras bonitas.
Desde gente a la que he ayudado a encontrar trabajo o a conseguir una entrevista, o gente que, sin yo saberlo, viene un día a decirme que lee mis cosas y que le molan.

Desde charlas que he dado que han ayudado a la gente a decidir o el consultorio de carrera profesional, ese que hice una vez y que ayudó a mucha gente.
También me han surgido oportunidades profesionales que no estaba buscando. Algunas especialmente ilusionantes. Personas que han pensado en mí para construir algo juntos, que me han recomendado o que han confiado en lo que podría aportarles. Esto a veces aún me deja un poco loco. Ha habido cosas bastante chulas.
Y lo curioso es que, cuando intento entender por qué están pasando estas cosas, siempre termino pensando en lo mismo: qué estoy haciendo para que me pase esto.
Y creo que buena parte de lo que estoy viviendo ahora es el fruto de haber sembrado durante mucho tiempo. Y de mi actitud frente a los demás.
Hacer las cosas con cariño
A mí me gusta trabajar. Me gusta mucho. Sé que tengo un problema y sé que además debo retomar la terapia.
Me gusta implicarme en los proyectos, aprender cosas que no sé hacer, probar ideas que probablemente salgan mal y dedicar tiempo a detalles que quizá nadie vaya a apreciar.
Me gusta construir cosas. Y me gusta que estén bien hechas.
No siempre lo consigo, claro. Hay proyectos que salen regular, decisiones de las que me arrepiento y días en los que me cuesta encontrar la motivación. También hay veces que me complico la vida más de lo necesario por querer hacer las cosas de una determinada manera.
Pero hay algo que intento que no cambie: que me importe lo que estoy haciendo.
Si organizo un evento, quiero que la gente disfrute. Si escribo algo, quiero que le sirva a alguien. Si trabajo en un producto, quiero que sea útil y sencillo para las personas que van a utilizarlo. Y si alguien decide dedicarme parte de su tiempo, quiero que sienta que ha merecido la pena.
Un ejemplo bastante cercano. Organizando la Kernel Panic! (el último evento de Helmcode, la empresa donde trabajo) me obsesioné con poder hacer un evento potente aunque solo lo estuviera gestionando yo. Desde las acreditaciones personalizadas, stickers, camisetas, mails a los asistentes, cuidar a los speakers y darles toda la información, hacer una presentación de slides increíble, una escaleta medida al milímetro, entradillas con música para los ponentes… Podría haber hecho algo mucho más sencillo, pero no he sabido no ponerle muchas ganas para que saliera bien.
Con los años he ido entendiendo que se puede ser ambicioso, querer crecer profesionalmente, ganar dinero, construir cosas importantes y aspirar a mucho sin olvidarse de cómo tratas a las personas por el camino.
Me da igual tener 60 mensajes de twitter el lunes. Me llevará tiempo, pero los voy a contestar todos intentando ayudar. Esto no escala y llega un punto en que me agobio un poco. No te voy a mentir.
Nos pasamos la vida pensando en qué queremos conseguir, dónde queremos trabajar, qué queremos construir o hasta dónde queremos llegar. Pero quizá dedicamos menos tiempo a pensar en la persona en la que nos estamos convirtiendo por el camino.
Y estoy bastante orgulloso del viaje y de la persona en la que me he convertido por el camino.
Ayudar porque puedes
A veces es dedicarle una tarde a una persona que está buscando trabajo. Otras, compartir algo que has aprendido, presentar a dos personas que crees que deberían conocerse o simplemente escuchar a alguien que necesita hablar.
Son cosas pequeñas. Muchas veces no cuestan dinero y tampoco requieren un esfuerzo extraordinario. A veces basta con dedicar un poco de tiempo, prestar atención o compartir lo que sabes.
Y, sin embargo, para la persona que está al otro lado pueden significar muchísimo.
Revisarle un artículo importante a un amigo, contarle cómo estás trabajando ahora mismo a tu excompañero o responder un mensaje.
También tengo días egoístas, voy con prisas, digo que no a cosas y seguramente he dejado pasar ocasiones en las que podría haber ayudado más.
Pero intento acordarme de algo: todos hemos necesitado que alguien nos eche una mano alguna vez.
Yo he tenido muchísima suerte con eso.
Y si hoy tengo la posibilidad de facilitarle un poquito las cosas a otra persona, me cuesta encontrar una buena razón para no intentarlo.
No hace falta hacer grandes gestos ni cambiarle la vida a nadie.
A veces es suficiente con que alguien termine una conversación contigo un poco mejor de como la empezó.
Y me está quedando esto bastante chupiflower, pero quiero que entiendas la idea.
La suerte de cruzarte con gente buena
Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que muchas de las cosas buenas que me han pasado tienen nombre y apellidos.
Personas que confiaron en mí cuando todavía me quedaba muchísimo por aprender. Que me dieron oportunidades, compartieron su conocimiento, me recomendaron, me escucharon o me ayudaron sin tener ninguna obligación de hacerlo.
Y personas que, sin saberlo, me han enseñado cómo quiero comportarme con los demás.
Incluso de aquí, de Twitter. Gente que simplemente va esparciendo cosas buenas. Como @dei_biz, @dobleio o el gran @juancvezvazquez.
Hay gente que tiene una capacidad increíble para hacer que los demás se sientan bien. Personas que se alegran de verdad cuando a otro le salen las cosas, que comparten sin miedo a perder nada y que encuentran tiempo para ayudar incluso cuando tienen mil cosas que hacer.
Admiro muchísimo a esas personas.
También he aprendido que puedes encontrarte con gente brillante, con carreras impresionantes y con muchísimo talento, y que lo que más te marque de ellas sea algo tan sencillo como la manera en la que te trataron.
Me acuerdo mucho de todos esos gestos de esa gente, aunque hayan pasado los años.
Las cosas buenas simplemente pasan
Hay cosas que tardan mucho tiempo en dar sus frutos. Yo soy mucho de sembrar y ya dará sus frutos. O no. Pero siembro tanto que algo siempre sale.
Durante años conoces personas, trabajas con ellas, compartes lo que sabes, intentas hacer bien tu trabajo y dedicas tiempo a proyectos simplemente porque te apetece hacerlos.
La mayoría de las veces no ocurre nada.
Publicas algo y apenas lo lee nadie. Ayudas a una persona y seguís cada uno con vuestra vida. Organizas algo, sale bien y al día siguiente vuelves a trabajar. Conoces a alguien con quien tienes una conversación interesante y pasan años sin volver a coincidir.
Y está bien que sea así.
Pero, a veces, la ruleta se para en tu número. Y te toca.
Alguien se acuerda de ti para una oportunidad. Una persona a la que ayudaste hace años te escribe para contarte que le va bien. Alguien recomienda tu trabajo en una conversación en la que ni siquiera estás presente.
Este año la ruleta se ha parado muchas veces en mi número. Y quizás por eso escribo esto, como una especie de gratitud a la suerte.
Muchas de esas cosas son el fruto de haber sembrado durante años. De manera desinteresada.
No quiero que pienses que ayudar a alguien es una inversión, que ser amable es una estrategia profesional o que merece la pena cuidar las relaciones porque algún día pueden convertirse en oportunidades. Si no lo haces de manera genuina, no lo hagas porque no va a funcionar.
Tampoco creo que a todo el mundo que hace las cosas bien le acaben pasando cosas buenas. Ojalá fuera tan sencillo. La suerte, las circunstancias y las oportunidades que tiene cada persona importan muchísimo.
Simplemente, sé buena persona.
Ojalá no se me olvide nunca
No sé dónde estaré dentro de diez años. Ojalá jubilado.
No sé en qué empresa trabajaré, qué proyectos habré construido ni cuántas veces habré cambiado de opinión sobre lo que quiero hacer con mi vida.
Espero seguir aprendiendo. Espero equivocarme mucho, conocer a gente interesante, trabajar en cosas que me ilusionen y tener la oportunidad de hacer algo que merezca la pena.
Pero, sobre todo, espero no perder esta pasión por el camino. Hacer las cosas desde el corazón hace que las disfrutes más y que salgan mejor.
Escribo esto también para mí. Porque sé que habrá momentos en los que el trabajo, la ambición, las prisas o las preocupaciones hagan más difícil acordarse de todas estas cosas.
Y me gustaría poder volver a este texto cuando eso suceda.
Estos años he tenido la suerte de recibir mucho cariño. Más de lo que probablemente esperaba y merezco. Y escribir estas líneas es también una forma de dar las gracias a todas las personas que, de una manera u otra, han sido una parte de todo esto.
Ojalá pueda devolver al menos una parte de todo lo que he recibido.
Haz las cosas desde el corazón porque merece la pena hacerlas así, incluso cuando no obtienes nada a cambio.
Todo lo demás, ya vendrá. O no.
Pero que no se te olvide disfrutar del camino y cuidar a las personas con las que lo compartes.